Mi Rincón Artesanal

Cómo evitar burbujas en el jabón de glicerina al verterlo en moldes

2026.06.08
Cómo evitar burbujas en el jabón de glicerina al verterlo en moldes

Afuera llueve como solo sabe llover en Bogotá un sábado por la tarde, con ese gris que se mete por las rendijas de la ventana, y yo aquí, en mi pequeño estudio, peleando con una tanda de jabones de caléndula que parece que tuvieran rabia.

Les cuento que hace unas semanas estaba súper emocionada porque encontré unas flores de caléndula secas preciosas cerca de la Plaza de Paloquemao. Quería que mis jabones quedaran cristalinos, como esos que uno ve en Pinterest que parecen pedacitos de ámbar, pero lo que obtuve fue un desastre lleno de huequitos. Al verter la glicerina, se formó una capa de burbujas en la superficie que parecían espuma de mar, o peor, como si le hubiera echado sal de frutas al molde. Como ilustradora, me duele el alma cuando algo no queda visualmente limpio; es como si le cayera un manchón de tinta china a un dibujo que ya estaba casi listo.

El error del batido: No estamos haciendo un omelet

Mi primer gran pecado, y me di cuenta después de ver un par de videos de los mejores cursos de velas y jabones artesanales para principiantes hoy que había guardado en favoritos, fue la forma de mezclar. Yo antes agarraba mi palito de madera y batía la glicerina derretida con una energía que ni mi abuela cuando hacía sus famosos bizcochos. Y claro, al batir así, lo que estás haciendo es meterle aire a la mezcla a la fuerza.

Primer plano de glicerina derretida con pétalos de caléndula en una jarra de vidrio.

Ahora he aprendido a tener paciencia de santo. Mezclo el colorante y las fragancias haciendo círculos lentos, casi perezosos, como si estuviera revolviendo un café un domingo por la mañana. Si ves que se forman remolinos, vas muy rápido. La idea es que el palito siempre esté tocando el fondo del recipiente para no romper la superficie y dejar que el aire se cuele. Es un ejercicio de meditación, de verdad. Mi gata se queda mirando el movimiento desde el borde de la mesa y creo que hasta ella se hipnotiza con el ritmo lento de la glicerina líquida.

El truco del alcohol (y por qué el 96% es el número mágico)

Aquí entra la parte que parece de laboratorio, pero que en realidad es pura magia visual. Resulta que para romper esa tensión superficial que mantiene a las burbujas vivas y coleando, necesitas un atomizador con alcohol isopropílico. Pero no cualquier alcohol que uno tenga por ahí para las heridas; tiene que ser alcohol isopropílico al 96%.

El momento en que disparas el atomizador sobre el jabón recién vertido es mi parte favorita de todo el proceso. Es casi instantáneo. El olor penetrante del alcohol inunda el estudio por un segundo, un aroma fuerte que te pica un poquito la nariz, pero desaparece rapidísimo para dejar paso al aroma suave de la lavanda o la caléndula que flota en el aire. Es como si una mano invisible borrara todas las imperfecciones de la superficie. Pero ojo, que aquí viene mi "descubrimiento" personal del que nadie me advirtió.

Botella de spray con alcohol isopropílico al lado de un molde de silicona para jabón.

La trampa del exceso: El jabón pegajoso

En mi afán de que no quedara ni una sola burbuja, al principio rociaba alcohol como si no hubiera un mañana. Pensaba que si un poquito era bueno, mucho sería mejor. Error total. Me di cuenta de que rociar alcohol constantemente sobre la glicerina no siempre es efectivo y puede crear una capa pegajosa que arruina la textura final del jabón. Me pasó con una tanda de jabones de miel; quedaron con una sensación rara al tacto, como si nunca terminaran de secar, y se veían opacos.

Ahora solo doy un par de toques rápidos: uno justo después de derretir la glicerina en la jarra (para quitar las burbujas que suben al mezclar) y otro inmediatamente después de verter en el molde. Si te pasas, el alcohol interfiere con la capa superior de la glicerina y le quita ese brillo de cristal que tanto buscamos. Menos es más, siempre.

La física del vertido: Altitud y cercanía

Vivir en Bogotá tiene sus cosas raras para las manualidades. Estamos a 2600 metros de altura y eso afecta cómo se comportan los líquidos. He notado que la glicerina aquí parece enfriarse más rápido o atrapar el aire de forma distinta que cuando intenté hacer esto en una visita a tierra caliente. Por eso, el vertido tiene que ser técnico.

Manos vertiendo jabón de glicerina líquido muy cerca de un molde con forma de flor.

He desarrollado una técnica que llamo "el vertido de susurro". Sostengo la jarra lo más cerca posible del molde, casi tocando el borde de silicona. Siento la tensión en el antebrazo al sostener la jarra de vertido lo más cerca posible del molde para evitar salpicaduras; es un esfuerzo pequeño pero constante para que el chorro sea fino y no caiga con fuerza. Si dejas caer el jabón desde muy alto, como si estuvieras sirviendo un chocolate santafereño para que haga espuma, vas a crear burbujas por el puro impacto del líquido contra el fondo.

Si estás empezando y sientes que tus moldes no ayudan, a veces es porque los comerciales son muy rígidos. Hace poco escribí sobre por qué empecé a hacer mis propios moldes de silicona caseros, y la verdad es que tener un molde con la flexibilidad justa también ayuda a que el jabón se asiente mejor y las burbujas tengan un camino más fácil hacia la superficie.

Paciencia al atardecer

Al final del día, después de varios intentos fallidos y de aprender a leer la temperatura de la glicerina solo con ver cómo se mueve en la jarra, logré esa superficie lisa que quería. Ver el jabón endureciéndose mientras el sol se oculta tras los cerros orientales es mi recompensa. Cuando la superficie queda tan lisa como un cristal, sé que hice las cosas bien.

Un gato doméstico observando los jabones terminados sobre una mesa de madera.

Si todavía ven burbujas rebeldes que se quedan atrapadas en el fondo o en los detalles del diseño del molde (especialmente si usan moldes con muchas texturas), un truco final es rociar alcohol dentro del molde vacío antes de verter. Eso ayuda a que la glicerina se deslice por todos los rincones sin atrapar aire en los recovecos. Es un baile entre la velocidad y la calma, muy parecido a cuando estoy ilustrando y tengo que decidir dónde poner la última pincelada. Al final, el jabón perfecto no es el que sale a la primera, sino el que te enseñó a quedarte quieta y observar cómo desaparece la espuma con un simple soplido de alcohol.