Afuera el cielo de Bogotá tiene ese color de panza de burro que avisa que no va a parar de llover en toda la tarde, y adentro, mi cocina huele a esa mezcla extraña de cera caliente y el té de canela que me acabo de preparar. Miso, que es mi gato y el verdadero supervisor de todo lo que hago, está sentado sobre mi cuaderno de bocetos, justo encima de un dibujo de una danta que quería convertir en jabón. No sé si les pasa, pero a veces me quedo mirando mis jabones rectangulares, esos que salen de los moldes que uno compra en cualquier tienda de manualidades, y siento que les falta alma. O sea, están bien, huelen delicioso, pero siendo ilustradora me sentía un poquito impostora usando las mismas formas que todo el mundo.
Aviso rápido antes de seguir con el chisme: en este blog van a encontrar enlaces de afiliado. Si deciden comprar un curso o un material a partir de uno, me cae una comisión por la recomendación — el precio para ti es exactamente el mismo, ni un peso más. Por aquí solo desfilan cosas con las que he tenido alguna historia, como el curso de Crea tus propios moldes de silicona que fue el que me salvó la vida cuando casi rindo. Si no te lo aclaro, asume que no es enlace de afiliado, pero estos de verdad me han servido para no incendiar la cocina.
Esa epifanía de octubre entre dibujos y burbujas
Todo empezó una tarde gris de octubre, de esas donde uno solo quiere derretir glicerina para olvidar el tráfico de la Séptima. Estaba mirando un bloque de jabón que me había quedado medio chueco y pensé: "Lucía, llevas diez años dibujando personajes y aquí estás, haciendo cuadrados otra vez". Mi abuela siempre decía que la mejor herramienta es la que uno mismo se fabrica, aunque ella se refería a sus menjurjes para el pelo, pero la lógica aplica. Quería que mis ilustraciones saltaran del papel al relieve del jabón, que tuvieran esa textura que solo yo me imagino en la cabeza.
Pero claro, la voluntad es una cosa y la química otra. Yo de química sé lo mismo que de física cuántica, o sea, nada. Al principio intenté improvisar con cosas que leí por ahí, pero me daba miedo arruinar mis figuras originales. Al final, después de mucho dar vueltas, decidí que era hora de aprender en serio. No quería seguir desperdiciando material, porque la silicona no es que sea precisamente barata para andar tirándola por el sifón.
Me puse a investigar y me encontré con que para lo que yo quería —piezas con mucho detalle y recovecos— necesitaba algo con una Dureza Shore A de 15. Suena a término de ingeniería aeroespacial, pero básicamente significa que el molde es lo suficientemente flexible para que el jabón salga sin romperse, pero lo suficientemente firme para no deformarse. Si usas una muy dura, el jabón se queda atrapado como si estuviera en una cárcel de caucho.
El primer encuentro con la silicona líquida (y el factor Bogotá)
Cuando por fin me llegó el kit, me sentí como si estuviera abriendo un regalo de Navidad adelantado. Durante las vacaciones de diciembre, mientras todo el mundo estaba en modo natilla y buñuelos, yo estaba encerrada en mi estudio (que es básicamente un rincón de la sala con buena luz) mezclando líquidos viscosos. Lo primero que aprendí es que la relación de mezcla por volumen es de 1:1 para la silicona de platino. Eso me encantó porque, como ya saben por mi artículo sobre cómo calcular aceites esenciales para jabones de glicerina, las matemáticas y yo no somos las mejores amigas. Mitad y mitad, sin complicaciones.
Vivir en Bogotá tiene su truco para estas cosas. La humedad aquí es una cosa seria, y a veces hace que los jabones de glicerina empiecen a "sudar" apenas los desmoldas. Por eso, entender bien el proceso de curado de la silicona RTV-2 es clave; esta silicona cura a temperatura ambiente, pero si hace mucho frío en el apartamento, se toma su tiempo. Es como si la mezcla también quisiera quedarse bajo las cobijas.
Esa tarde, mientras preparaba mi primer encofrado con cartón pluma, me quedé hipnotizada por el sonido casi imperceptible de las pequeñas burbujas de aire explotando en la superficie de la silicona recién vertida. Es un "plop" minúsculo, muy satisfactorio, como si el molde estuviera respirando antes de quedarse dormido. Pero no se confíen del sonido zen, porque el desastre estaba a la vuelta de la esquina.
La noche de la alfombra elástica y las patas de Miso
Dicen que de los errores se aprende, pero yo creo que de los errores uno sale es con ganas de llorar y reír al mismo tiempo. Después de tres intentos fallidos donde el molde me quedaba con huecos o la figura se flotaba (tip: peguen bien el original a la base), llegó el gran desastre. Fue una noche que estaba cansada y olvidé sellar bien las esquinas del contenedor de cartón con silicona caliente. Pensé: "Bah, eso está bien apretado".
Grave error. Vertí toda la mezcla, me fui a dormir sintiéndome la reina de las manualidades, y a la mañana siguiente me encontré con una escena de crimen artística. La silicona se había filtrado por una rendija invisible y se había extendido por toda la mesa de madera, creando una película rosada y elástica que llegaba hasta el suelo. Y lo peor: encontrar una capa de silicona pegajosa debajo de las patas de Miso porque no calculé bien la estanqueidad del encofrado de cartón. El pobre gato me miraba como diciendo "¿En serio, Lucía?". Me tomó tres horas limpiar todo y salvar mis herramientas.
Si están pensando en meterse en este mundo, por favor, miren el curso de Crea tus propios moldes de silicona antes de hacer lo que yo hice. Ahí explican perfecto cómo sellar las cajas para que no terminen con un piso de caucho. También me sirvió mucho para entender por qué mis jabones a veces quedaban opacos, algo que también mencioné en mis lecciones de un jabón quebrado.
La satisfacción del desmolde perfecto
Hace un par de semanas, finalmente, todo encajó. Preparé mi modelo (una pequeña ilustración de una montaña con texturas de bosque), sellé la caja como si fuera a prueba de bombas y vertí la mezcla con una paciencia que ni yo misma me reconocía. Hay un momento crítico cuando uno espera a que gelifique. Recuerdo esa leve resistencia elástica cuando introduces el dedo por primera vez para comprobar si la mezcla ya ha gelificado por completo. Es como tocar un malvavisco que no se pega, una señal de que el milagro ocurrió.
Cuando por fin separé el cartón y saqué mi pieza original, el molde estaba ahí: perfecto, brillante, capturando hasta la última línea que yo había dibujado. No pude evitar pensar que finalmente mis jabones tienen mi propia firma visual y no solo el aroma que elegí por instinto. Es cerrar el círculo creativo. Ya no soy solo alguien que derrite jabón; soy alguien que construye la forma desde cero.
Para usar el molde, esperé a que la glicerina estuviera en su punto. El punto de fusión promedio de la base de jabón es de 60 grados Celsius. Si la echas muy caliente, puedes estresar el molde; si está muy fría, no captura los detalles. Pero con mi molde casero de Shore A 15, el jabón salió solito, con un brillo que parecía de joyería.
Viviendo en espacios pequeños: el truco de la ilustradora
Algo que nadie te dice en los videos de YouTube es que si vives en un apartamento pequeño en Bogotá, no puedes andar usando materiales que suelten vapores tóxicos o que necesiten hornos industriales. Por eso me obsesioné con encontrar técnicas de curado en seco. Mi cocina es pequeña, y no quiero que mi cena sepa a caucho. La silicona de platino es maravillosa para esto porque no huele a nada y es súper segura.
Si ustedes también sienten ese cosquilleo de querer hacer algo único, les recomiendo mucho que no se queden solo con los moldes comprados. Es un camino de ida. Una vez que haces tu primer molde, empiezas a mirar todo en la casa pensando: "¿Esto se podrá convertir en jabón?". (Ojo con las reliquias de la abuela, que a veces el desmoldante no es suficiente y terminas con un problema familiar).
Para los que están empezando y quieren algo más completo que solo moldes, a veces salen promociones buenísimas como el pack de Velas y Jabones Artesanales OFERTA 3x1, que te da una visión más amplia de todo este mundo. A mí me sirvió para no sentirme tan perdida cuando empecé a meterle velas a la rotación el año pasado.
Al final del día, después de limpiar la mesa y ver a Miso dormir lejos de la silicona, me quedo con esa sensación de haber creado algo que no existía en el mundo. Mis jabones de dantas y montañas de Bogotá ahora son reales, y todo empezó por no querer conformarme con un rectángulo aburrido. Si yo, que soy la persona más despistada del mundo, pude lograr un molde que no se filtrara (a la cuarta vez, pero quién cuenta), ustedes también pueden. ¡Anímense a ensuciarse un poquito las manos, que vale toda la pena!
Si quieres empezar con el pie derecho y no cometer mis mismos errores (y salvar tus alfombras), te recomiendo muchísimo darle una mirada al curso de Crea tus propios moldes de silicona. Es la mejor inversión para pasar de aficionado a creador de verdad.