Mi Rincón Artesanal

Cómo calcular aceites esenciales para jabones de glicerina paso a paso

2026.05.24
Cómo calcular aceites esenciales para jabones de glicerina paso a paso

El olor de la glicerina pura es algo que nadie te cuenta cuando empiezas: es un aroma tibio, casi dulce, pero muy neutro, como un lienzo en blanco que espera el primer trazo de color. En mi estudio, aquí en Bogotá, ese vapor se mezcla con el aire frío que entra por la rendija de la ventana cuando llueve, y es mi señal favorita de que el sábado por fin ha comenzado. Sin embargo, hace unos meses, esa paz se rompió por culpa de un lote de jabones de limón que, para ser honesta, no olían a nada más que a decepción. Yo estaba ahí, con mi gato vigilando cada movimiento desde la esquina del mesón —él es el auditor oficial de mi desorden—, oliendo un bloque de jabón recién desmoldado que supuestamente debía transportarme a un huerto de cítricos y que, en cambio, olía a… bueno, a nada.

Ese fue el día en que entendí que mi método de echar gotas "al ojo", como quien le pone sal a un caldo mientras charla por teléfono, no estaba funcionando. Llevaba desde finales del año pasado confiando en mi intuición de ilustradora, pensando que el olfato me guiaría igual que la vista me guía con las acuarelas. Pero el jabón es caprichoso. Y entonces, entre el cielo gris de un sábado de noviembre y la mirada juiciosa de mi gato, decidí que tenía que dejar de adivinar. No quería montar una empresa, solo quería que mi baño oliera a eucalipto de verdad y no a una vaga promesa de bosque.

El misterio del aroma que se escapa por la ventana

Mi abuela tenía unas recetas de jabón que anotaba en un cuaderno con manchas de café, pero ella usaba grasas que yo no me atrevo a tocar y medía todo con tazas desportilladas. Yo, en cambio, me enamoré de la glicerina por su transparencia y esa facilidad de derretir y verter que parece magia. Pero esa misma facilidad me hizo confiarme. Durante las vacaciones de enero, me encontré haciendo tandas y tandas donde unos jabones me irritaban un poquito la piel (me pasaba de aceite, claro) y otros perdían el aroma en apenas tres días de estar en la jabonera.

La inconsistencia me frustraba muchísimo. Es como cuando haces un dibujo y el color se aclara al secarse más de lo que esperabas. Me di cuenta de que si quería resultados que me hicieran sonreír al entrar al baño, tenía que aplicar un poco del rigor que uso en mis ilustraciones técnicas. El problema principal es que los aceites esenciales son potentes y, a la vez, increíblemente volátiles. Si pones poco, no huelen; si pones mucho, la base no los aguanta. Y aquí es donde entra mi primer gran tropiezo de principiante que me enseñó la lección más valiosa: el jabón no es una sopa, es una estructura que tiene un límite.

Base de glicerina transparente derritiéndose suavemente al baño maría en un bol de cristal.

Cuando la intuición no basta (y el jabón empieza a sudar)

Recuerdo una tarde de lluvia hace tres semanas, de esas que te obligan a prender la luz del estudio a las tres de la tarde. Estaba intentando compensar mi fracaso cítrico anterior y decidí que más era mejor. "Si el de limón no olió, a este de lavanda le voy a echar hasta que el frasco se canse", pensé. Error fatal. Lo que obtuve fue una escena de crimen jabonoso: la frustración de ver una capa de aceite aceitosa flotando sobre el jabón ya endurecido por haber saturado la base. El jabón no podía absorber tanto aceite y simplemente lo expulsó, dejándolo como un charco brillante y pegajoso en la superficie.

Ese "sudor" no era la humedad típica de Bogotá que a veces hace que la glicerina se ponga pegajosa (porque es un compuesto higroscópico, algo que aprendí después de mucho leer); era puro aceite desperdiciado. Ahí fue cuando desempolvé una báscula de precisión que usaba para pesar pigmentos y decidí que las gotas eran mis enemigas. Porque, imagínense, una gota de aceite de naranja no pesa lo mismo que una de pachulí, y el tamaño de la gota depende hasta de qué tan fuerte aprietes el gotero o de si hace frío en la cocina.

La regla de oro: el 3% y el peso sobre el volumen

Para dejar de adivinar, me puse a investigar seriamente en esos foros de artesanos que parecen sacados de otra época. Resulta que existe algo llamado los estándares de la International Fragrance Association, que suena muy elegante, pero básicamente nos dice cuánto es seguro poner. Para productos que se enjuagan, como el jabón, el Límite de seguridad IFRA para productos con enjuague (Categoría 9) suele ser del 3% como máximo. Ojo, eso no significa que debas usar siempre el 3%, sino que ese es el techo para no terminar con una irritación innecesaria.

Yo ahora me muevo en un rango más conservador, entre el 1% y el 2%, porque me gusta que el aroma sea un susurro y no un grito. Pero lo importante no es el porcentaje en sí, sino sobre qué lo calculas. Siempre, siempre debe ser sobre el peso total de la base de glicerina. Si tengo un bloque de 500 gramos de glicerina, el cálculo es sencillo pero revelador. No es "un chorrito", son gramos reales. Al calcular los gramos exactos para un bloque de 500g, descubrí que la densidad de cada aceite esencial varía y que el peso es la única medida que no miente.

Báscula de precisión pesando gramos de aceite esencial dorado para jabonería artesanal.

¿Por qué las gotas son traicioneras?

Muchas veces leemos en blogs que "20 gotas son un mililitro". Es una Equivalencia estándar de gotas por mililitro que se usa mucho en farmacia, pero en el mundo de los aceites esenciales, es un terreno pantanoso. El aceite de vetiver es espeso como la miel, mientras que el de limón es casi como agua. Si cuentas 20 gotas de cada uno, tendrás cantidades de aroma totalmente distintas. Por eso, mi báscula de precisión se volvió mi mejor amiga, justo al lado de la espátula de silicona.

El momento justo: ni muy caliente ni muy frío

Aquí es donde les cuento el secreto que cambió mis sábados. Yo solía derretir la glicerina al baño maría y, apenas veía que estaba líquida, ¡pum!, le echaba el aceite esencial mientras todavía humeaba. Craso error. Los aceites esenciales tienen algo llamado punto de inflamación, que es básicamente la temperatura a la que empiezan a evaporarse y degradarse. Si los echas cuando la glicerina está hirviendo, el aroma se va directo al techo y no se queda en tu jabón.

He aprendido que la Temperatura de incorporación para aceites esenciales en glicerina ideal es de unos 60°C. Es ese punto donde la mezcla está lo suficientemente líquida para revolverse bien, pero no tan caliente como para que el aceite se volatilice al instante. Es un ejercicio de paciencia, de esperar a que el vapor baje, casi como cuando esperas a que la tinta de una ilustración seque antes de pasar la mano por encima. Si esperas demasiado, la glicerina empieza a crear una capa sólida arriba; si no esperas nada, pierdes tu inversión en aceites.

Termómetro digital midiendo la temperatura de la glicerina derretida antes de añadir esencias.

Mi pequeña guía para no perderse entre gotas y gramos

Si estás en tu cocina ahora mismo, con el delantal puesto y la glicerina picada en cubitos, así es como lo hago yo ahora para no fallar. Imagina que tienes ese bloque de 500 gramos que mencioné antes. Si quiero una intensidad media-alta (un 2%), necesito 10 gramos de aceite esencial. Pongo un vasito pequeño en la báscula, la pongo en cero (la famosa función de tara) y voy goteando hasta llegar a esos 10 gramos.

Es un proceso casi meditativo. El vapor tibio de la glicerina fundida mezclándose con el aroma terroso del eucalipto en el aire frío de mi estudio me hace sentir que el tiempo se detiene. Ya no hay prisa por terminar, hay gusto por el proceso. Y lo mejor es que, al ser tan precisa, el jabón queda perfecto: sólido, transparente y con un aroma que dura semanas en el baño, no solo minutos.

Jabón de glicerina terminado con lavanda, mostrando una textura perfecta y sin exceso de aceite.

Reflexiones desde el mesón de la cocina

A veces extraño la ingenuidad de mis primeros jabones, cuando todo era un experimento caótico y me sentía como una alquimista de película. Pero la verdad es que el control matemático me ha devuelto la paz. Ahora puedo disfrutar del silencio de mi taller sin miedo a arruinar el material, que no es precisamente barato. Ya no hay capas aceitosas, ya no hay jabones que no huelen a nada.

Si alguna vez te sientes frustrada porque tus jabones se quiebran o no salen como esperabas, no te castigues. Yo misma pasé por eso y escribí sobre ello en Lecciones de un jabón quebrado: Mi tarde de sábado entre moldes y glicerina, porque aprender de los errores es la única forma de mejorar en este hobby. Al final del día, esto no se trata de perfección industrial, sino de ese momento en el que desmoldas una pieza y el aroma te confirma que, por una vez, hiciste las cosas bien.

Ahora, mientras termino de limpiar el mesón, mi gato se estira y me mira como diciendo que ya es hora de dejar de jugar a la química y servirle su cena. El sol se está ocultando tras los cerros de Bogotá y mi estudio huele a una mezcla perfecta de lavanda y orden. Y eso, para una ilustradora un poco dispersa como yo, es el mejor cierre posible para un sábado.