
El vapor, la lluvia y un gato curioso
Afuera, Bogotá se deshacía en ese gris eterno de un sábado de lluvia en noviembre. Adentro, mi estudio olía a una mezcla extraña pero reconfortante: el aroma a lavanda mezclándose con el olor a papel viejo de mis bocetos mientras el gato roza mis tobillos bajo la mesa. Tenía una jarra de glicerina derritiéndose al baño María y la ilusión ingenua de que hacer jabón era como mezclar acuarelas. (Spoiler: no lo es, y mis manos pegajosas de esa tarde todavía lo recuerdan).
Antes de que nos metamos de lleno en el desastre de mi primer lote, un datico importante: en este blog van a ver algunos enlaces de afiliado. Eso significa que si deciden comprar algún curso o herramienta a través de ellos, yo recibo una pequeña comisión que ayuda a mantener este rincón (y a comprarle mejores snacks a mi gato). A ustedes no les cuesta ni un peso más, y yo solo les recomiendo cosas que he probado en mis tardes de sábado o que tengo en mi lista de deseos después de mucho investigar. Si no lo menciono, asuman que no hay comisión de por medio.
Dibujar con aceite: el error de la ilustradora
Llevo años trabajando como ilustradora freelance, así que mi cerebro funciona por instinto visual. Si un azul necesita más profundidad, le echo una gota más de cobalto. Si un trazo se ve seco, le doy más agua. Y entonces, cuando empecé con esto de los jabones a finales del año pasado, pensé que la lógica era la misma. Mi abuela siempre decía que el jabón de tierra se hacía 'con lo que la mano pidiera', pero claro, ella hablaba de procesos de semanas, no de esta glicerina moderna que compramos en bloques.
Esa tarde de noviembre, mientras el vapor subía de la jarra, sentí que era el momento de crear una obra maestra. Tenía aceite de almendras dulces y una esencia de lavanda que olía a campo abierto. Mi formación me hizo creer que podía 'dibujar' las proporciones a puro ojo. En mi mente, el jabón era un lienzo y los aceites eran pigmentos. Escuchaba esa vocecita que me decía que 'un chorrito más' de aceite esencial no haría daño, ignorando por completo que la química es mucho más terca que el papel.
La glicerina 'melt and pour' es una maravilla porque ya viene lista, pero tiene sus reglas. Yo la veía ahí, tan transparente y noble, y le echaba aceite de almendras como si estuviera aliñando una ensalada. Quería que fuera el jabón más hidratante del mundo, el regalo perfecto para mis amigas en Navidad.
El desastre que se veía venir (pero yo no vi)
Después de verter la mezcla en unos moldes que improvisé, me senté a esperar. Mi gato, que se toma muy en serio su papel de auditor de workbench, se quedó mirando los moldes como si esperara que algo saltara de ahí. Lo que yo no sabía es que la humedad de Bogotá —esa que se te mete en los huesos— estaba jugando en mi contra. Resulta que la glicerina es humectante, lo que en términos de hobby significa que es como una esponja para el agua del ambiente.
Pasaron las horas y, cuando llegó el momento de desmoldar, el bloque se sentía... raro. Estaba opaco y un poco sudado. Pensé que era parte del proceso, así que saqué mi cuchillo de cocina más afilado para cortar las barras. Y ahí ocurrió. La frustración de ver el bloque de jabón partirse en dos pedazos irregulares, pegajosos y opacos al primer contacto con el cuchillo fue real. No se cortó, se desmoronó. Parecía una galleta mal horneada que intentaba ser jabón pero se rendía a la mitad.
Me pasé de aceite de almendras, muchísimo. La glicerina tiene un límite de lo que puede absorber antes de perder su estructura. Al pasar del 3% de aditivos, el jabón simplemente deja de ser jabón y se convierte en una masa gelatinosa que no hace espuma y se rompe con mirarla. En ese momento, rodeada de pedazos de jabón quebrado, entendí que mi ojo de ilustradora no servía para medir densidades.
De las vacaciones de enero al orden matemático
Durante las vacaciones de enero, mientras descansaba de las entregas de fin de año, me puse a investigar seriamente por qué mi cocina parecía el escenario de un crimen de lavanda. Me di cuenta de que, si quería que esto fuera mi terapia de los sábados y no una fuente de estrés, necesitaba herramientas. No quería volverme química profesional, pero sí quería que mis jabones no se rompieran.
Fue cuando encontré la Calculadora de Recetas para Jabones Naturales de Glicerina. Cuesta unos $37.0 y, honestamente, me salvó la vida. Es una herramienta sencilla donde pones cuánta base tienes y ella te dice exactamente cuánto aceite y esencia puedes echarle sin que el jabón se vuelva un desastre pegajoso. Es como tener a mi abuela al lado, pero una abuela que sabe de porcentajes exactos.
Incluso vi una promoción de Velas y Jabones Artesanales OFERTA 3x1 por unos $70.0 que me tentó muchísimo durante esos días de descanso, porque me di cuenta de que el mundo de las velas también me estaba llamando. (Y sí, en 2023 ya caí en la tentación de las velas gracias a un kit que me regalaron, pero esa es otra historia).
La humedad de Bogotá: el enemigo silencioso
Hay algo que nadie te dice en los videos rápidos de Instagram: si vives en un lugar húmedo, tu jabón va a 'llorar'. La glicerina atrae la humedad del aire y forma unas gotitas en la superficie que lo vuelven pegajoso. Hace apenas unas semanas, en uno de esos días donde el cielo no paraba de descargar agua sobre los cerros orientales, aprendí que en Bogotá hay que sellar el jabón apenas se desmolda. Si lo dejas al aire, se arruina.
Ahora, mi proceso es mucho más pausado. Derrito la base, abro la calculadora en la tablet, mido con una gramera (adiós al chorrito 'a ojo') y, en cuanto el jabón está listo, lo envuelvo en papel film como si fuera un tesoro. He estado considerando seriamente aprender a hacer mis propios moldes porque a veces no encuentro la forma exacta que visualizo en mis bocetos, y vi un curso para Crea tus propios moldes de silicona por $50.0 que tengo guardado en favoritos para cuando termine mis proyectos de ilustración de este mes.
Aceptando la lentitud
Hacer jabón me ha enseñado que no todo puede ser tan rápido como un 'undo' en Photoshop. La lentitud del proceso es su mayor encanto, pero un poco de ciencia ayuda a que los resultados sean tan bonitos como los bocetos. Ya no trato de adivinar las mezclas. Sigo prefiriendo las tardes de sábado con la ventana abierta, sintiendo el aire frío de la tarde mientras el gato vigila la mesa, pero ahora tengo la seguridad de que lo que salga del molde va a ser una barra sólida y perfecta.
Si estás empezando y sientes que tus jabones son un desastre, no te desanimes. A veces solo falta una herramienta que piense por ti en la parte aburrida (los números) para que tú puedas concentrarte en los colores y los olores. Para mí, esa herramienta fue la Calculadora de Recetas, que por $37.0 me quitó de encima el miedo a desperdiciar material.
Y si te pica la curiosidad por las velas, como me pasó a mí después de ver tantos videos, hay opciones como Ilumina y Crea por unos $69.99 o el curso de Candle Makers PRO que cuesta $97.0, aunque ese último ya me parece para cuando quiera ponerme más 'pro' y menos hobbyist.
Al final del día, lo importante es que el jabón no se rompa y que el gato no meta la pata en la glicerina caliente. Lo demás, con un buen café y un sábado de lluvia, se va aprendiendo por el camino.